La muerte, como final y decadencia, fue el tema preferido de Ricard Terré. No siempre la trató de forma lúgubre. La abordó con ironía, que era su modo de enfrentar lo grave. En Barcelona fotografió las tumbas de Montjuïc, rompiendo el tabú con primeros planos de nichos a plena luz donde podían leerse los nombres. Opuesto a la visión romántica del cementerio al atardecer, su gesto fue una provocación. La cercanía de la muerte abría la puerta a lo trascendente y quebraba seguridades.
Sus imágenes funerarias no son solo descriptivas. Contienen detalles poéticos, a veces humorísticos, que enfrentan lo mortuorio a la vida —un nicho vacío que sirve de fresquera a la bota de vino del enterrador, una margarita ajada en un osario sin nombre y más detalles que hay que descubrir, pues cada foto fue detenidamente escogida por él para completar la serie.