En Nazaré, pequeño pueblo pesquero al norte de Lisboa hoy famoso para los surfistas por sus olas gigantescas, Ricard Terré encontró en 1964 no surfistas ni bañistas, sino mujeres que aguardaban la llegada de las barcas donde sus hombres se habían hecho a la mar. No son viudas, o no saben aún si lo son. De espaldas al mar, anticipan el velorio, como en la serie de Santa Marta, representando un rito previo al milagro. Visten de negro para no improvisar el luto. Hay en ellas algo atávico, heredado de madres y abuelas que también esperaron quizá ya como viudas.
Para sobrellevar la espera se sientan en círculo, de espaldas a esa Medusa que es el mar, cuyas olas podrían engullir las barcas como cáscaras de huevo. Hablan y canturrean mientras la luz declina y el sol convierte la escena en contraluz. Es una estampa de sororidad en un limbo incierto: no saben si están solas o si aún son esposas de vivos, pero sí comparten la compañía de madres, hermanas y amigas.